EL COSTO DEL SUEÑO AMERICANO (parte 4 y última)

21 01 2008

Por: InFaMe 

Los primeros dos meses que el Chiva estuvo en la casa de Rogelio, su primo, no pudo encontrar trabajo. Se despertaba tarde, desayunaba lo que hubiera, veía la televisión, observaba el paisaje por la ventana, admiraba un edificio grande que se veía a lo lejos, pensaba que era una fábrica y anhelaba trabajar allí, pasaba tardes aburridísimas, preparaba comida para él, Rogelio y Toño, otro mexicano que se hespedaba con Rogelio.

Rogelio era más grande que el Chiva, cuando estuvo en México, vivió siempre en el rancho, su padre también fue indocumentado en Estados Unidos y poco a poco se fue llevando a sus hijos al país de las hamburguesas. Cuando todos estuvieron allá se dispersaron en los estados americanos. El papá de Rogelío junto a su madre vivían en California y trabajaban en el campo, extrañaban a México, pero sabían que nunca regresarían a él.

Lupita, hermana menor de Rogelio tambien vivía en California con sus padres, ella fue la última de la familia en pasar la frontera, como no tenía papeles ni trabajo, pasaba encerrada en la casa donde se hospedaban, lloraba casi todo el día y deseaba intensamente regresar a la rancho de México.

Pero regresemos con Rogelio.

Rogelio trabajaba en el negocio de la construcción, hacía puertas. Llevaba ya tres años en Estados Unidos, ya hablaba inglés, con tono chicano, inconcluso y mocho pero se comunicaba. Le gustaba bailar música de banda, tomar cerveza y meterse cocaina.

Toño, el otro huesped en casa de Rogelio era Jalisciense, trabajaba en el campo, ganaba 40 dólares diaros, le gustaba emborracharse constantemente y por invitación de Rogelio, le entró al mundo de la cocaína.

El Chiva se llegó a desesperar, se sentía sirvienta de los otros dos, nunca salía de la casa para nada, la tienda más cercana estaba a kilometros de distancia, y sólo se podía llegar en auto. Además tenía miedo de que lo detectaran y lo deportaran las autoridades de migración, y no había según él, nada que ver por esos rumbos.

Pasados los dos meses encontró una oportunidad. Entró a trabajar junto a Rogelio en el negocio  de la construcción, trabajaba con fibra de vidrio y madera, hacía puertas, muebles, accesorios y todo lo que las casas de allá necesitaran. Su lugar de trabajo estaba muy cerca de la gran fábrica que veia desde la casa de Rogelio, allí se entero, que esa era una planta nuclear.

Esa fue la temporada donde mejor le fue, ganaba 80 dolares al día, aportaba economicamente para los gastos de la casa, el telefono, el gas, el agua y la televisión por cable. Pudo mandarle dinero a Rosario para que contratara el salón, la banda y la misa para su boda. A sus hermanos y hermanastros les envió un Xbox  de última generación, pagó sus deudas del accidente con la camioneta de Tío Capacho, se compró ropa, un iPod, un PSP protátil y ahorró un poco, previendo su regreso.

Durante esa temporada, que duró más o menos seis meses, los tres habitantes de la casa se turnaban por días para hacerse de comer, aprendieron recetas recordando sus experiencias en México para cocinar sopas de varias clases, guisados de chicharrón, carne y algún platillo de dificultad como chiles rellenos. Sin embargo cuenta el Chiva que, lo que más comió en esos meses fueron sopas maruchan gringas y comida enlatada.

En esos días su única diversión era ir los domingos a un Wall-mart a comprar alimentos. Regresaban y tomaban cerveza, veian la tele o jugaban video juegos toda la tarde. Dice el Chiva que no le gustaba salir porque todo se hablaba en inglés, y él no entendía nada. Rogelio se burlaba un poco y siempre quería hablar inglés. Lo más doloroso era, según el, que la discriminación hacia los latinos era intensa, -sobre todo de los negros y de los mismos latinos-.

“Los negros lo miran a uno como mierda, si los ves a los ojos se sienten ofendidos y te agreden”. Eso era soportable, entendía la diferencia entre razas y el odio que se ha inculcado en la socidedad entre ambos, pero lo que le sorprendió desagradablemente fue que la peor discriminación hacia los latinos llegados a tierras estadunidenses , era de parte de los mismos latinos. 

Es decir que, en casi todos los casos, cuando un latino consigue su documentación que lo acredita como ciudadano estadunidense, se convierte en un verdugo rencoroso que desea acabar con la migración, alegando que los recién llegados les quitan varias oportunidades.

Incluso los que aún no tienen papeles pero que ya hablan inglés y tienen camioneta o auto, desprecian a los que no han recibido su oportunidad. Esa actitud dice el Chiva, -nunca la comprenderé ni la olvidaré, me dejó muy triste-.

En varias ocasiones caminaban por las calles del pueblo donde radicaban y algunos viejos estadunidenses, los ofendían y agredían sin otra razón más que la de ser latinos. “Vete a tu pais”, “No enmugres el nuestro” “Maldito mexicano hijo de perra” les gritaban con ira.

Acudieron de vez en cuando a una bodega por las noches de los sábados, en ella se divertían puros latinos y negros, escuchaban música de banda y hip-hop. Se vendía cerveza, cigarros, mariguana y cocaina. En ocasiones bailaban, pero muy poco. En una ocasión, como al Chiva le gustaba bailar, decidió aplicar la siguiente estrategia para hacerlo con alguna chica de allí.

Observó a todas las muchachas que estaba en el lugar, descartó a las mas guapas y rodeadas de vaqueros ostentosos, también a las que estuvieran borrachas y en bola gritando como guacamayas, y miró a tres morenas, un poco chaparritas y que sólo platicaban entre ellas. Se levantó, después de darle un trago a su cerveza, caminó e invitó a bailar a una por una empezando desde la derecha y terminando por la izquierda. Las tres le pidieron que, para poder bailar una pieza, tendráin que ver las llaves del auto del Chiva -si es que llevaba-, si comprobaban que el modelo del automovil o camioneta era reciente y de prestigio, bailarían con él, si no, el esfuerzo habría sido inutil. Obviamente no bailó por no llevar coche y pasó la noche sentado en su mesa, bebiendo cerveza y con el autoestima por los suelos.

A pesar de todas esas peripecias, conoció negros muy agradables, gringos comprensibles y de buen corazón, llamaba seguido a México, Rosario lo esperaba con ansias, la fecha de su boda se acercaba y porfin podría, dice el Chiva, ir a México, casarse y regresar con su esposa a vivir en Carolina del Norte.

Pero el destino era otro. Una madrugada el Chiva se despertó de un brinco, corrió al baño y aventó con presión exagerada la materia que hacía estragos en su estomago. La diarrea se apoderó de él y no fue a trabajar, tomó remedios caseros y medicinas recomendadas por los otros inquilinos. Nada resultó. Pasaron dos semanas y la diarrea no cedía. tomar un vaso con agua era convertir las siguientes dos horas en un martirio. El Chiva perdió veinte kilos en dos semanas y media, se puso pálido y se sintió bastante debil.

Rogelio y Toño hicieron lo posible para que lo atendieran en un hospital cercano, cuando lo lograron, recibío atención muy limitada, le dijeron que pronto se le quitarían los sintomas y que todo volvería a la normalidad, sin embargo nada cambió. Todo esto sucedió tres semanas antes de su planeado regreso, mismo que tuvo que posponer porque sentia, dice, no tener fuerzas para soportar el viaje y le aterraba la idea de quedarse en el camino.

Estuvo un mes en cama, sin trabajar y gastandose parte de sus ahorros. Calculó que, de cualquier forma el dinero le era suficiente para su boda y un día que no se sintió tan débil regresó.

Dice que en el aeropuerto gringo lo detuvieron varias horas porque no lo dejaban salir sin tener documentos oficiales. -Primero estan chingando que uno no entre y luego que para que no se salga…¿Quién los entiende?-, bromeó desfachatado.

Logró tramitar una credencial, no de ciudadano, pero le otorgó una identidad, la presentó y se subió al avion, eran las seis de la mañana, llegó a la ciudad de México a las diez y enseguida tomo el autobús para el rancho de Colima, llegó a la media noche, arrastrando los pies, pálido, con bastante diarrea y síntomas de anemia o hepatitis. Pero también llegó con gusto por estar en su país, libre, próximo a casarse y empezar un negocio al lado de Rosario aplicando conocimientos que aprendió en el norte.

El final de esta historia es simple. El Chiva avisó a sus familiares quienes gustosos fueron a la boda, se sorprendieron de verlo enfermo pero pensaron que era algo pasajero, los gastos fueron más de los pensados, entre adornos, vestido de novia, traje, trámites y gastos médicos que hizo en México, el dinero que ahorró se esfumó, incluso tuvo que arrancar el dinero que tradicionalmente se atora en la camisa del novio en el transcurso de la fiesta, destinado para la luna de miel, para terminar de pagar la banda que amenizó el baile.

Hoy, El Chiva esta formado en la fila de analisis de sangre y de otros varios en la sección de cancerología del Hospital General, aun no sabe que tiene, dice que camina veinte metros y siente que el corazón se le sale por el pecho de tanta agitación, los médicos le dicen que puede ser un problema en los intestinos a causa de los sustos, malpasos, corajes, y malcomidas que pasó durante un año (en Estados Unidos),  que la planta nuclear que admiraba desde su casa, puede haberle provocado células cancerígenas, dicen que puede ser que se cure con medicina, que si no, habrá que operar.

Rosario amorosamente lo ayuda a realizar todos los trámites y lo espera mientras le realizan los estudios, sabe que el futuro de ambos es incierto, que el problema es grave y que el pronóstico es reservado. Dice que el Chiva acarició el sueño americano, pero que tuvo mala suerte, que no sabe si aceptaría irse al lado de su esposo para aquel país, porque el costo que se paga es bastante caro.








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