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Sí, lo acepto, a mi edad aún no sé manejar un automóvil (al decir “a mi edad” no me refiero a que ya este viejo, jeje) Por diversas circunstancias en mi vida, nunca estuve cerca de un volante. Pero desde finales de 2007, el aprender a controlar un bólido cada día se hace más urgente. La misión: rescatar un auto abandonado.
Desde que sé que debo tomar un curso de manejo me he puesto a analizar la actitud de quienes conducen un automóvil en esta congestionada ciudad. Y no es una sorpresa para nadie decir que todo mundo maneja al más puro estilo de ¡Viva México, cabrones!
Se pasan los altos, echan carreritas, se dan cerrones, no ceden el paso, por cualquier cosa mientan madres, manejan distraídos, aprietan el claxon como si quisieran que los escucharan en la Patagonia. Manejan tan rápido como si tuvieran diarrea. Cuando un carro se empareja a otro, los conductores voltean a verse como diciendo “¿qué me ves pendejo?”, etc.
Estas conductas tal vez se deban a que el tráfico de la ciudad es una grosería. Me he dado cuenta de que, quien esta frente al volante, se siente con poder. Poder de ir más rápido, de correr, de ser libre. Pero al encontrarse con tanto carro que no lo deja pasar, sucede lo más lógico: se frustra. Y esto convierte al piloto en un ente agresivo de un alto riesgo para la sociedad.
Al ir al volante, poseídos por satanás, los conductores en lo que menos piensan es en la seguridad de los que no van abordo del auto que manejan, es decir, les vale monjas lo que le pase a los transeúntes y a las personas que viajan en carros cercanos.
Conozco a muchas personas que se transforman en bestias al arrancar su auto. Y eso no es nada divertido. Yo sé que ellos enfrentan esa frustración que mencioné antes. Ahora, la pregunta es: ¿a mi me pasara lo mismo? ¿Cuando aprenda a manejar, me invadirá esa sensación de poder? ¿Me pondré como toro loco cuando alguien me gane el paso? ¿Le mentare la madre a los cristianos que se atraviesen por mi camino?
Lo peor de todo es que la respuesta a esas preguntas parece ser, Sí. Y es que hace unos días viajaba de copiloto en el auto de un conocido, entramos a un centro comercial y dimos varias vueltas para encontrar lugar en el estacionamiento. Después de un rato vimos que alguien abordaba su vehículo para abandonar la plaza. Nosotros nos orillamos para que el individuo saliera del cajón y se fuera. Cuando lo hizo, un tercer auto realizó una maniobra inesperada y audaz… ¡y nos ganó el inche lugar!
Yo bajé el vidrio y le grité todas las groserías que me sabía, y las que aún no se inventaban. Llevábamos una hora buscando donde estacionar el carro, y ese Pecador sin ningún empacho nos madrugó. Me frustré y entonces lo insulté. Tal como millones de conductores en el mundo.
Pero ¿qué podemos hacer como sociedad para mejorar nuestro comportamiento y cultura vial? Los conductores agresivos provocan miles de accidentes al año. Si no modifican… o modificamos la conducta, podemos sufrir consecuencias fatales, pero no sólo nosotros sino también terceros. Ni modo, a domar a la bestia. Que Caray!
P.D. Revisen este video, cortesía del periódico Reforma.



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