EL VECINO INCÓMODO

16 02 2008

AsesinoPor:Doko

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Me siento raro. Muy raro.

Hace unos días, al salir de mi casa rumbo a una importante misión, me topé con un hombre como de cuarenta años. Su andar era rápido pero al verme quiso detenerse. Yo no voltee a ver su cara pero sabía que él buscaba la mía. Después de un instante, al entender que lo ignoraba a propósito, siguió su camino.

Conozco a ese hombre desde hace más de veinte años, sé quién es, cómo se llama y donde vive. Es mi vecino. Su historia esta marcada por la tragedia y no sé si los otros vecinos sientan lo mismo que yo, pero cuando me lo encuentro en la calle la situación es incómoda.

Todo sucedió a finales de la década de los 80’s. Yo tenía entre ocho y nueve años. En ese tiempo todos los niños salíamos por las tardes a la calle a jugar futbol. Éramos bastantes chamacos correteando el balón, se hacían retas porque no podíamos jugar todos al mismo tiempo. Era divertido propinar sendos balonazos a los portones de cada casa, volar la pelota e ir a pedirla con el temor de que el dueño de esa vivienda saliera con una escopeta a corrernos, o en su defecto, nos regresara el balón ponchado.

Pero los fines de semana la calle cambiaba de dueño. Ahora tocaba el turno a “los grandes”, chavos que en ese tiempo tenían en promedio veinte años y que hoy son cuarentones. Se adueñaban de la calle y casi no nos dejaban jugar porque lo hacían ellos. Entre esa bola estaba mi vecino incómodo a quien llamaremos Fer. Con tan sólo veinticinco años ya estaba casado y tenía dos hijos. El mayor, al que citaré como Isaac, tenía entre cuatro y cinco años. El niño me caía muy bien, era de esos escuincles que sin ningún esfuerzo te sacan una carcajada. Lo único que me gustaba cuando los grandes llegaban a jugar, era que yo me divertía con Isaac.

Fer es hijo de una amiga de mi mamá. La señora, Kika, tenía un ejército de retoños, algunos grandes ya casados y con hijos como Fer, y otros casi de mi edad. Todos vivían en la misma casa. Conocían a mi mamá y la saludaban con familiaridad. La señora Kika y mi madre heredaron su amistad a sus vástagos, y especialmente yo me hice compañero de juegos de varios de ese clan, entre ellos Isaac.

Pero un día todo cambió. La señora Kika lucía desesperada y en la calle los vecinos murmuraban asombrados un hecho que salió publicado en el periódico local. El clásico carro del informativo amarillista, con las bocinas a todo lo que daban, rompió la paz de aquella mañana. “¡Mataaaaaron, asesinaroooon, de tres puñaladas en la cocina de su casa…!” El carrito, para vender el diario, dio todos los detalles de un homicidio que había ocurrido a unas cuantas casas de mi hogar. Mi mamá salió y compró el rotativo, regresó y comentó con mi papá lo que ahí se decía: Carmen, la esposa de Fer, fue asesinada.

Durante el transcurso del día se supo con certeza lo que había pasado. Fer y Carmen tenían problemas familiares ocasionados, entre otras cosas, porque vivían en una casa llena de gente y, para mala fortuna de ella, era la casa de su suegra. Empezaron a discutir frecuentemente sin importar la presencia de sus hijos. La situación y su ambiente familiar era insoportable así que ella lo amenazó con irse de la casa si las cosas no cambiaban. “¿Vas a dejarme por otro wey, verdad?” Le preguntó Fer. Ella, no sé si por temor a una reacción violenta o porque era la verdad, contesto que no.

El día de la tragedia llegó. Fer regresaba de trabajar, y al bajarse del camión vio a Carmen caminando en la banqueta acompañada de un hombre. Inesperadamente Fer se avalanzó sobre el tipo y lo corrió a trancazos. Después, en plena vía pública, le gritó a su esposa reclamándole la infidelidad. Ella se defendió y le aseguró que sólo eran amigos. Él no le creyó.

A patadas y puñetazos se la llevó a su casa, la de doña Kika, mientras Carmen insistía que no era lo que parecía. Llegaron a la cocina, y al ver que su esposa negaba con firmeza lo que para él era un obvio engaño, Fer tomó un cuchillo cebollero y lo hundió varias veces en el vientre de la mujer a la que había jurado amor eterno frente al altar.

Los habitantes de esa casa escucharon todo el escándalo pero no intervinieron, fueron mudos testigos, también los hijos de la pareja. Doña Kika entró a la cocina y vio a su nuera ensangrentada en el suelo. Llamó a la Cruz Roja y le pidió a su hijo que huyera. Él lo hizo. Cuando llegó la ambulancia Fer ya no estaba ahí. Los enfermeros subieron a la herida al vehículo y Kika, asustada, decidió acompañarla. Trató de darle ánimos a la mujer que deliraba, pero el daño estaba hecho. Carmen murió rumbo al hospital.

Doña Kika accedió a darle a las autoridades el paradero de su hijo. Fer se escondió en el pueblo de sus abuelos. La policía lo capturó y encarceló. No tengo la certeza de a cuantos años fue condenado, pero hace cinco salió libre. Y hace cuatro regresó a la escena del crimen.

Actualmente vive en la misma casa donde mató a su esposa. Y desde que regresó, pasar por esa morada resulta bastante incómodo. ¿Por qué? Porque desde el día de la tragedia nunca volví a ver a Isaac, el niño de cinco años con el que me divertía mucho mientras los grandes jugaban futbol. Cuando su madre murió, sus abuelos maternos se los llevaron lejos a él y a su hermano. No he sabido nada de ellos desde entonces.

Fer salió de la cárcel antes de cumplir su condena, dicen que por buena conducta. Pero verlo caminar por la calle me resulta muy extraño. En un arranque de furia destruyó su propia vida, la de sus hijos, y acabó con la de su esposa. Y ahí anda, como si nada.

Yo no sé si en las cárceles mexicanas funcionen los programas de readaptación social. No sé si el tiempo que estuvo encerrado fue suficiente para que se arrepintiera y volviera a ser un ciudadano confiable. Pero por lo pronto él se enfrentará a una tarea muy difícil: reintegrarse a la sociedad. Lo cual es complicado porque quienes sabemos lo que hizo, lo vemos como si tuviera escrito en la frente la palabra “Asesino”. Seguramente, y a pesar de los años que estuvo en prisión, sigue pagando su condena al ser señalado por la gente, y sobretodo, al no poder ver a sus hijos.

Isaac y su hermano hoy deben tener 23 y 20 años, respectivamente. Es un hecho que la muerte de su madre les dejó una marca profunda. Me gustaría saber qué fue de ellos, tal vez son buenos estudiantes y excelentes personas. O es probable que su pérdida haya influido en su carácter volviéndolos alcohólicos y drogadictos. No se.

Por lo pronto ellos deben sobrellevar su vida sabiendo que su padre les mató a su mamá, y que él ya es libre. Si para mi, que sólo soy su vecino, es incómodo verlo en la calle, no quiero imaginar lo que sentirán ellos cuando se vuelvan a encontrar con él. Muy difícil. Que Caray.

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